En las vacaciones de
verano veníamos a la ciudad de México. Desde dos meses antes, en nuestra rama del árbol en Acapulco, mis
hermanos y yo imaginábamos los lugares que visitaríamos, las personas queridas
con las que nos encontraríamos pero sobre todo las caricaturas que disfrutaríamos
en el canal cinco. Cuando llegaba el momento, un día antes, mi madre me daba la pastilla para el mareo y
empezaba la encrucijada que debía atravesar para llegar a México. El avión en
el que mis padres, hermanos y yo viajábamos era un DC 8 que hacía media hora de
vuelo, tiempo que me parecía eterno y que trataba de sobrellevar al taparme la
boca y nariz con un trapo o voltear la cabeza hacia el lado derecho, aunque
todo era infructuoso terminaba vomitando. Sin embargo, después de un ruido
ensordecedor, unos cuantos golpes de las ruedas del avión sobre la pista de
aterrizaje y un vacío en el estómago, llegábamos a la ciudad de México con su
aire fresco que me hacía olvidar los sufrimientos del viaje.
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Verano de 1972, Primera Comunión CDMX
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Un taxi nos llevaba por Río Churubusco hasta la casa de mi abuelita. Durante el trayecto, me llamaba la atención que cada año nos encontrábamos con edificaciones nuevas, ampliación de carriles, y más autos. Por fin, el taxi se estacionaba, bajábamos las maletas, y ahí frente a la puerta, con el corazón henchido por
la emoción, esperábamos con paciencia que mi abuelita o mi tía Lety, o alguno
de mis tíos o todos ellos, abrieran la puerta para lanzarnos a sus
brazos, y recibir los picoretes de mi tío Gabriel y los besos de
mi abuelita. La casa del Retoño, donde mi tío Rubén se paraba de manos y
caminaba por la estancia, antes de irse a la prepa siete, y luego, por las noches, acompañado de su guitarra, nos
cantaba canciones que contaban historias chistosas; donde mi abuelita preparaba
comidas deliciosas, y mi tía Lety jugaba con nosotros a ponernos su vestido de primera comunión, y mi tía Marta, desde la cama que usábamos en su recámara, nos
dejaba verla arreglarse para ir a trabajar: primero las pestañas Pixie, luego el delineador y las cejas, el rubor
y los labios carmesí para rematar con una peluca rubia que caía sobre su
pantiblusa café y minifalda de cuero del mismo color, botas y una bolsa al
tono, sin olvidar el abrigo, y así, la veíamos salir hacia ese
lugar enigmático que era el Banco donde trabajaba.
Más tarde, en la agenda del día tocaba ir a ver a la abuelita Amalia, a su casa
limpia y llena de luz en la colonia Educación, donde todo era orden, silencio y
juguetes caros: autopistas, robots, juegos de química, lástima que mi tía Chofi
tenía dos hijos varones y no había ninguna prima con juguetes novedosos para niñas como
los que anunciaban en la televisión, aunque ella siempre nos esperaba con blusas,
pulseras o collares como regalo. Y por la tarde noche, la lluvia hacía
un caleidoscopio con el tráfico y bañaba la ciudad de los niños con chapitas en las mejillas ocasionadas por
el frío, de las gelatinas y los tuinky wonders, y de los cines con muchas películas, en un ambiente de alegría que me hacía desear vivir
siempre en este lugar.
Y así, al otro día, íbamos a visitar a mi abuelito,
y al siguiente, a las tías Joaquina y Amelia y a mi prima Angélica, con quien
jugábamos a los ladrones y policías en su restaurante de la calle Bolívar, y el fin de semana, con los compadres Dora y Joaquín que siempre
estaban de fiesta en su casa de Coapa, y con sus niños traviesos que nos
invitaban a tomar botellitas de brandy Presidente. Y los otros días a
Chapultepec, al Holiday on Ice, a Cuernavaca, a visitar parientes
desconocidos para mí, y a otros lugares que mis recuerdos gozan cuando cierro
los ojos y la niña que fui regresa a pasar vacaciones en la ciudad de México.