miércoles, 4 de marzo de 2026

Vacaciones en la ciudad de México

Veníamos a la ciudad de México en vacaciones de verano. Desde dos meses antes, en nuestra rama del árbol en Acapulco, mis hermanos y yo imaginábamos los lugares que visitaríamos, las personas queridas con las nos encontraríamos pero sobre todo las caricaturas que disfrutaríamos en el canal cinco. Un día antes mi madre me daba la pastilla para el mareo y empezaba la encrucijada que debía atravesar para llegar a México. El avión en el que mis padres hermanos y yo viajábamos era un DC 8 que hacía media hora de vuelo, tiempo que me parecía eterno y que trataba de sobrellevar tapándome la boca y nariz con un trapo, volteando la cabeza hacia el lado derecho, aunque todo era infructuoso terminaba vomitando. Sin embargo, después de un ruido ensordecedor, unos cuantos golpes de las ruedas del avión sobre la pista de aterrizaje y un vacío en el estómago, llegábamos a la ciudad de México con su aire fresco que me hacía olvidar los sufrimientos del viaje. 

Verano de 1972, Primera Comunión CDMX

Un taxi nos llevaba hasta la casa de mi abuelita por Río Churubusco, donde se veían nuevas edificaciones, ampliación de carriles, y más autos. Y ahí frente a la puerta con el corazón henchido por la emoción, esperábamos con paciencia que mi abuelita o mi tía Lety, o alguno de mis tíos o todos ellos, abrieran la puerta y nosotros nos lanzábamos a sus brazos, para recibir los picoretes de mi tío Gabriel y los besos de mi abuelita. La casa del Retoño, donde mi tío Rubén se paraba de manos y caminaba por la estancia ante nuestra sorpresa y nos cantaba con su guitarra canciones que contaban historias chistosas, donde mi abuelita preparaba comidas deliciosas, y mi tía Lety jugaba con nosotros, y mi tía Marta nos dejaba verla arreglarse para ir a trabajar desde la cama que usábamos en su recámara: primero las pestañas Pixie, luego el delineador y las cejas, el rubor y los labios carmesí para rematar con una peluca rubia que caía sobre su pantiblusa café y minifalda de cuero del mismo color, botas y una bolsa al tono, sin olvidar el abrigo; para luego, desde la ventana verla salir, a ese lugar enigmático que era el Banco donde trabajaba. 

Y luego, la agenda del día, tocaba ir a ver a la abuelita Amalia a su casa limpia y llena de luz en la colonia Educación, donde todo era orden, silencio y juguetes caros: autopistas, robots, juegos de química, lástima que mi tía Chofi tenía dos hijos varones y no había ninguna prima con juguetes novedosos como los que anunciaban en la tele, aunque ella siempre nos esperaba con blusas, pulseras o collares como regalo. Y por la tarde noche, la lluvia hacía un caleidoscopio con el tráfico y bañaba la ciudad de los niños chapeteados por el frío, de las gelatinas y los tuinky wonders, y de los cines con muchas películas en un ambiente de alegría que me hacía desear vivir siempre en este lugar.

Y así, al otro día, íbamos a visitar a mi abuelito, y al siguiente, a las tías Joaquina y Amelia y a mi prima Angélica, con quien jugábamos a la maestra y a los ladrones y policías en su restaurant de la calle Bolívar, y el fin de semana íbamos con los compadres Dora y Joaquín que siempre estaban de fiesta en su casa de Coapa, y con sus niños traviesos que nos invitaban a tomar botellitas de brandy Presidente. Y los otros días a Chapultepec, al Holiday on Ice, a Cuernavaca, a visitar parientes desconocidos para mí, y a otros lugares que mis recuerdos gozan cuando cierro los ojos y la niña que fui regresa a pasar vacaciones en la ciudad de México.

 

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