viernes, 13 de febrero de 2026

Memoria de un reencuentro

En mis inicios en el internet abrí una cuenta de Facebook, y los nombres tiempos y edades de los recuerdos se agolparon en mi mente.  Me aficioné a escribir en el espacio de búsqueda, aquellos que me llevarían a reencontrar mi pasado en Hermosillo. Siempre repetía el de mi amiga Amparo, pero las imágenes y los textos no concordaban con la persona que buscaba, hasta que un día, un perfil en Facebook que mostraba unas begonias lilas, me indicó, sin que yo supiera porqué, que la había encontrado.  Le envié un mensaje y a los pocos días recibí el:  “¡Hola Georgis! ¿Qué onda?”. 

Tiempo después, por un afortunado viaje de Amparo a la ciudad de México, nos encontramos en una plaza comercial. Y como si el tiempo no hubiera pasado, platicamos de las últimas noticias de estos treinta años sin vernos. Tal vez éramos las mismas preparatorianas comiendo pizza en la Fábula o saboreando un chemisse en el Patio. En aquella época del "Año del gato", del "Hotel California", o de "Chiquitita", siempre estuve cierta del valor de la amistad de Amparo.

Me alegró saber que nuestras vidas distantes y paralelas pero llenas de coincidencias se seguirán encontrando, tal vez para pasear en las noches de verano por el bulevar buscando un helado sin derretir por todo Hermosillo, o para contarnos de nuestros hijos, y de los nietos cuando lleguen, y entender con un gesto, una mirada, que somos eso, tan simple y difícil de encontrar y mantener: amigas.

viernes, 23 de enero de 2026

Crónica de mi gastronomía única

“¡Quiero chiles rellenos!”, dijo mi hija cuando nos informó que vendría a vernos y le pregunté qué deseaba comer. No soy una buena cocinera pero lo intento. Me levanté temprano para ir a comprar lo necesario para estos chiles que no llevan carne sino un relleno a base de soya y frutas parecido al de los chiles en nogada. Pues a mi marido no le gusta la carne. Me dirigí al mercado en medio de una mañana soleada de otoño que me hizo recapitular sobre mi periplo como cocinera: de mala a peor y luego a buena. A pesar de venir de estirpe de cocineras admiradas por su comida, mi abuela y tías tuvieron restaurantes y mi mamá es un genio en este arte. Yo no heredé ese don. Llegué con mis marchantes. Los que tienen la mejor fruta y los que venden las mejores semillas y granos. “Por ahí, hay que empezar”, me dijo alguna vez mi abuela. Los ingredientes son esenciales.
 
De regreso a casa, me encontré con el olor del café que mi esposo prepara por las mañanas siguiendo el ritual de su madre. Como digo, para mi fortuna, siempre rodeada de gente que sabe preparar delicias. Así que a tomar cafecito con un rico pan de dulce, y de nuevo se manifestó el conflicto comunicacional que tenemos mi marido y yo: no sabemos incomunicarnos. ¡Casi las doce!, apurada puse a hervir el agua para remojar la soya. Prefiero la soya que venden a granel, la más chiquita porque es la más fácil de cocinar. Mientras tanto, lavo las frutas: manzana, pera y durazno. Corto el acitrón en trocitos. Mi esposo me enseñó a elegir el mejor, es un producto que proviene de la biznaga que en Sonora se da mucho. Remojé la soya en el agua caliente y luego la exprimí hasta que quedó lo más seca posible. Puse el aceite con una cebolla y dos dientes de ajo picados en una cacerola. Ya sin agua, la soya se sofríe en este aceite. Mantengo el fuego lento. Revuelvo. Pico las frutas en trocitos pequeños. Agrego a la soya orégano molido. Mezclo. Saco del refrigerador la crema y el queso doble crema, los meto a la licuadora con hierbas finas en polvo. Agrego a la soya, salsa de soya, revuelvo y pruebo. Esto último es muy importante. Mi mejor amiga, al escuchar mis quejas por lo mal que cocinaba me preguntó: “¿Qué no pruebas lo que cocinas?” Y respondí estupefacta: “¡No!” Pero…, por qué cuando mi marido prepara alimentos, para nada prueba lo que está haciendo y siempre le queda sabroso y con el mismo sabor! ¿Cómo le hace…?

Mantengo el fuego bajo. Tapo la olla. Saco las almendras y las nueces rebanadas y las incorporo a la soya. Revuelvo. Luego pongo el acitrón, mezclo y por último agrego las frutas y pasas pequeñas. Tapo. Saco los chiles y los tatemo sobre el fuego de un quemador. Estoy en esas, cuando mi hija me avisa que está por llegar y recuerda aquel episodio de su niñez cuando le preparé picadillo de soya para una fiesta de cuarto de primaria y nadie quiso comerlo porque era soya, hasta las mamás que fueron a ayudar pusieron cara de estupor y desagrado con mi platillo. Nos reímos. Cierro los ojos: “Los sabores se incorporan…”, digo parodiando a Yuri de Gortari en uno de sus videos, y sí, un sabroso olor invade la cocina. Me apuro a limpiar y desvenar los chiles.  No serán en nogada porque no la encontré pero con la crema que hice en la licuadora, adorno los chiles rebosantes del picadillo. Mi hija ya está en casa. Pone la mesa, donde los rayos suaves del sol se posan sobre el mantel y nos cuenta feliz, los sucesos en su trabajo, mientras yo pico rápidamente un poco de perejil y como no es temporada de granada, flor de jamaica para adornar los chiles,  que por cierto, “fueron únicos”, según comentario de mi esposo, pues ya no cocino tan mal, pero como no cuido las proporciones y olvido las cantidades, mis recetas salen sabrosas pero no puedo repetirlas igual. Lo que sí me alegra es que mis hijos, aceptan mis invitaciones a comer y saborean contentos lo que les preparo.